Colección IES Conde Diego Porcelos


Las fotografías que componen esta colección han sido cedidas por el IES Diego Porcelos, de Burgos. Son parte del legado que a comienzos del siglo XX hiciera Isidro Gil al Instituto Provincial de Segunda Enseñanza de esta ciudad castellana, y que en 1967 pasó al centro que en la actualidad las atesora, y que promovió la exposición de estos fondos en abril del pasado año 2015, organizada por José Luis Sáinz Casado, profesor de historia, y comisariada por José Matesanz.

Isidro Gil Gavilondo nació en Azcoitia (Guipúzcoa) en 1843, y falleció en Burgos en 1917. Fue pintor, dibujante, ilustrador, historiador, escritor y abogado. Adquirió gran renombre en la ciudad burgalesa, en la que residió la mayor parte de su vida y de cuyo ayuntamiento llegó a ser secretario, así como presidente de la Cámara de Comercio y Vicepresidente de la Comisión Provincial de Monumentos. En la misma ciudad ocupó los puestos de profesor y director de la Academia Provincial de Dibujo y director del Museo Arqueológico y de Bellas Artes.

Como pintor y dibujante, aunque cultivó diversos géneros, temas y técnicas, la mayor parte de su obra se enmarca dentro del realismo y el costumbrismo, destacando especialmente en la pintura de paisajes y de temas históricos. Participó en varias Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, y obtuvo medallas en exposiciones provinciales y en distintos certámenes.

Para la realización de sus paisajes compraba imágenes de monumentos y ciudades a fotógrafos de la época, que posteriormente recreaba en sus dibujos, óleos o acuarelas. Así llegó a reunir una importantísima colección, de la que forman parte estas veintidós del Castillo de Alcalá de Guadaíra. De ellas, dos son del fotógrafo sevillano Diego Pérez Romero y las restantes de los Almela, Francisco y Ramón, padre e hijo.
La generosidad e interés por la cultura de diversas personas y entidades, como José Manuel González, José Luis Sáinz, Marcos Fernández Gómez, el periódico La Voz de Alcalá y el museo de nuestra ciudad se han sumado con el fin de que puedan disfrutarse públicamente, y tengamos una imagen más completa del Castillo de Alcalá, que durante siglos ha sido testigo del paso del tiempo por esta tierra, y de la apasionante labor de quienes han buscado fijar cada instante de ese tiempo en nuestra memoria: los fotógrafos.

NOTAS SOBRE FOTOGRAFÍA DEL CASTILLO DE ALCALÁ DE GUADAÍRA A FINES DEL SIGLO XIX.

 

Marcos Fernández Gómez
Servicio de Archivo, Hemeroteca y Publicaciones
Ayuntamiento de Sevilla-ICAS

 

Las ciudades y los pueblos que tienen en su término municipal un elemento monumental de cierta entidad –normalmente castillos, torres o puentes- suelen convertirlo con el paso del tiempo en su símbolo, en su seña de identidad, para diferenciarse de las poblaciones vecinas. Esta tendencia acabó plasmándose en el sello concejil (en el ámbito de los documentos escritos) y de éste pasó al escudo (para el resto de las representaciones de cada comunidad). Éste es el caso de Alcalá de Guadaíra y su castillo; y desde luego que no podía ser de otra manera: a partir de su reconquista, la villa se situó en el interior de sus murallas, manteniendo durante siglos un gran valor estratégico como defensa del flanco sur de Sevilla. El imponente recinto fortificado y su villa, situados sobre un alcor y rodeados por el río Guadaíra, eran denominados en los diplomas de Alfonso X como “la montaña”. En el espléndido plano del Archivo Ducal de Alba, Sevilla es la Catedral y Alcalá el Castillo. Esta notoriedad se plasmó, como hemos dicho antes, en el sello de los documentos del Concejo y de aquí al escudo. En los ejemplares más antiguos del sello de Alcalá, de mediados del siglo XV, conservados en el Archivo Municipal de Sevilla, podemos apreciar un castillo de tres torres –parecido a los utilizados en los sellos reales-, que en fechas posteriores y hasta la actualidad han convertido en una modesta torre, acompañada de un puente y de San Mateo, las tres figuras añadidas en época relativamente reciente, eliminando el gran valor simbólico, por su simplicidad, del diseño primitivo.

Además de símbolo, la fortaleza alcalareña ha sido imagen, es decir objeto digno de representarse y reproducirse, por motivos estéticos o artísticos y documentales. Para evocar o para testimoniar. Y aquí entramos en un terreno de múltiples posibilidades. Entre muchas opciones posibles voy a escoger tres. La primera es una pintura sobre pergamino, decorando una real cédula de Carlos I de 1549 (Archivo Municipal de Sevilla): en una representación de Sevilla, rodeada por las santas Justa y Rufina, Alcalá se vislumbra al fondo, como una montaña de tonos azulados e irreales que de pronto se eleva en un paisaje de clara influencia flamenca. No hay detalles visibles porque el pintor se limita a situar de forma aproximada la topografía que rodeaba a Sevilla. Dando un gran salto en el tiempo nos situamos a mediados del siglo XIX, en plena eclosión de la pintura romántica. Aquí nuestro castillo ya es visto de frente, por su lado norte que es el que mira a Sevilla, es tomado como protagonista, ya no es una colina informe sino una mole de piedra ruinosa y sugerente, que es interpretada además de dibujada. Los famosos cuadros de David Roberts (1833) o Genaro Pérez Villamil (1843) están pensados para impresionar, para conmover al espectador, con perspectivas atrevidas y claroscuros efectistas, ilustrando de alguna manera esa Andalucía pasional y anárquica tan del gusto de la Europa romántica. El castillo es el protagonista indiscutible, pero en ambos casos –y en el de otros similares como los cuadros de Taylor o de Guichot- se trata de una fortaleza forzada, interpretada por la subjetividad del artista con unos recursos ciertamente teatrales, tan buscados como conseguidos.

El tercero de los momentos de los que hablaba antes, después del castillo fantasma y del castillo inventado, podría titularse la apuesta por el realismo y situarse en las últimas décadas del siglo XIX. Como reacción al sentimentalismo romántico, los últimos años del siglo XIX significan el triunfo de la objetividad, de la percepción y representación objetivas de la realidad. En el caso que nos ocupa, esta nueva tendencia se va a plasmar en la pintura de la llamada “escuela paisajística de Alcalá” y especialmente en el ámbito de la fotografía. El fotógrafo capta y reproduce un instante, el momento real percibido por las lentes de una cámara. Hay algo de automatismo que otorga a la fotografía un valor testimonial, casi notarial, de la realidad, aunque lógicamente el fotógrafo siempre puede intervenir sobre los resultados finales eligiendo la iluminación o los encuadres que estime oportunos.

El castillo de Alcalá reunía y reúne todas las condiciones favorables para ser objeto de las miradas de los fotógrafos, lo mismo que lo fue de pintores y grabadores en fechas más antiguas. La propia fortaleza, las murallas y sus alrededores –laderas, río, riberas, molinos cercanos– se convirtieron en lugar poco menos que obligatorio para los fotógrafos sevillanos y los que visitaban la ciudad a partir de mediados del siglo XIX. El exotismo romántico de los pintores de la primera mitad del siglo dio paso al monumentalismo realista de los fotógrafos, ávidos por dejar constancia de escenarios atractivos por mil motivos y vendibles en esos álbumes fotográficos que debemos considerar como auténticas guías turísticas y artísticas de la época.

En este contexto debemos situar la obra de los Almela, Francisco y su hijo Ramón, incluida lógicamente esta serie de 20 imágenes dedicadas al monumento alcalareño. A pesar de la escasez de datos y de estudios dedicados a ellos, los Almela son considerados dos de los grandes fotógrafos documentalistas, junto a prestigiosos nombres como Beauchy Cano o Laurent. Como no siempre se puede distinguir la obra del padre y la del hijo, y en muchas ocasiones firmaban únicamente con el apellido común, debemos considerarlos en conjunto, activos durante las dos últimas décadas del XIX y primera del XX, la mayor parte del tiempo en su taller de la casa número 95 de la sevillana calle San Luis. Según Yáñez Polo realizaron 19 álbumes con fotografías en positivo a la albúmina, montadas bajo pastas decoradas de cartón, que fueron muy conocidos y apreciados en su época y hoy son codiciados por los aficionados como piezas muy valiosas. Estos álbumes están dedicados a recoger vistas, a la Feria de Sevilla o a la Semana Santa –los más celebrados– y a edificios y monumentos. Normalmente se trata de álbumes de pequeño formato, con fotografías de 11 x 15 cm. plegadas como un acordeón, con el característico color sepia producido por el paso del tiempo o la exposición a la luz, que se vendían como recuerdos gráficos de Sevilla.

Uno de estos álbumes documentales, en dos volúmenes y de mayores dimensiones que los que acabo de mencionar (19 x 25 y 17,5 x 41,5 cm), es el dedicado a los llamados Altos Colegios de la Macarena, inaugurado en 1892 por Alfonso XIII y concluido dos años más tarde. Las fotografías se realizaron entre 1892 y 1895. Este reportaje ha sido objeto del único estudio monográfico realizado sobre Almela (2008-2009), y sirve para ilustrar el gran valor documental y testimonial de una obra fotográfica ya centenaria.

Las fotografías de la obra de Almela se revelaban con el procedimiento “a la albúmina”, es decir la imagen fotográfica se positivaba en papel a partir de un negativo de vidrio. El papel a la albúmina, inventado en 1850 por Blanquard-Evrard, consistía en prepararlo con una emulsión de clara de huevo a la que se añadía una mezcla salina, que una vez seco era introducido en una solución de nitrato de plata y después se dejaba secar. Tras estos procesos químicos el papel quedaba muy fino y enrollable, motivo por el cual se acostumbraba a enmarcar, como era el caso de las tarjetas de visita o los mismos álbumes.

A las veinte albúminas de Almela hay que añadir dos más, también excelentes y de mayor tamaño, tomadas por la cámara de Diego Pérez Romero, un fotógrafo menos conocido activo entre 1879 y 1907. La serie de veintidós imágenes viene a añadir nuevas piezas, de un gran valor, a la abundante iconografía existente sobre el castillo de Alcalá. Valiosas por su antigüedad, por el prestigio profesional de sus autores y sobre todo por la calidad y belleza de las imágenes, en las que destaca el contraste entre las frondosas riberas del Guadaíra y el evidente deterioro de una gran fortaleza abandonada, que hacía siglos dejó de defender a Alcalá y a Sevilla. Una ventana al pasado sin falsedades ni fantasías, un testimonio de lo que observaron estos fotógrafos a finales del siglo XIX. Hay que añadir además que se trata de una serie fotográfica bien documentada, en autoría y en cronología, lo que implica su consideración como documento histórico, su valor primario al que añadir otros valores estéticos, artísticos, costumbristas o sentimentales. Debemos felicitarnos porque nuestro castillo, que ha sido objeto de una monografía modélica escrita por el Prof. García Fitz (2008, Ayuntamiento de Sevilla-ICAS), siga despertando el interés que se merece y ojalá esta iniciativa sea el germen de otros proyectos o actividades que nos permitan conocer su iconografía o divulgar otras imágenes desconocidas.

Ya sólo querría, como última reflexión, manifestar mi enhorabuena al IES Diego Porcelos de Burgos, al Museo de Alcalá de Guadaíra y a La Voz de Alcalá; al primero por conservar las fotografías como parte del legado del profesor Gil Gavilondo y a los otros por acercarlas a los alcalareños.